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Capítulo 1: “No lo abra todavía”

El avión ya estaba detenido en tierra.

Había aterrizado de forma preventiva en Madrid después de un vuelo complicado, y la lluvia golpeaba con fuerza las ventanillas mientras los vehículos del aeropuerto se movían lentamente bajo las luces frías de la pista.

Dentro de la cabina, nadie hablaba demasiado.

Algunos pasajeros seguían agarrados de la mano. Otros respiraban profundamente, intentando recuperar la calma después del aterrizaje.

Claire Martín, una de las auxiliares de vuelo, avanzaba por el pasillo comprobando que todo estuviera en orden.

Entonces vio una pequeña luz de aviso encendida junto a un compartimento reservado para la tripulación.

Álvaro Reyes, otro miembro de cabina, también la había visto.

—Sigue encendido —dijo en voz baja.

—Lo sé.

Claire se acercó con cuidado.

No parecía una situación de emergencia, pero necesitaban revisar el compartimento siguiendo el procedimiento correspondiente.

Levantó una mano hacia la zona exterior de inspección.

Y entonces escuchó una voz detrás.

—No lo abra todavía.

Claire se detuvo.

Varios pasajeros giraron la cabeza.

La voz pertenecía a Leo Valdés, un niño de diez años sentado junto a su madre.

Marta, su madre, lo miró inmediatamente.

—Leo...

Claire se volvió.

—¿Qué has dicho?

Leo señaló únicamente la luz.

—Que espere.

Claire frunció ligeramente el ceño.

—Estamos siguiendo el procedimiento.

—Lo sé.

Aquella respuesta la sorprendió.

Se acercó unas filas hasta quedar frente al niño.

—¿Cómo vas a saberlo tú?

Leo miró hacia la luz.

—Porque todavía está encendida.

Claire esperó.

—¿Y?

Leo dudó durante un segundo.

—Mi abuelo decía que, si seguía así, había que esperar.

Marta giró hacia su hijo.

—¿El abuelo te habló de esto?

Leo asintió.

La expresión de Marta cambió.

—¿Cuándo?

—Hace tiempo.

Claire se agachó ligeramente para quedar a su altura.

—Leo, necesito que me escuches. ¿Tu abuelo trabajaba con aviones?

—Sí.

—¿Era piloto?

Leo negó.

—¿Mecánico?

Otra vez negó.

Claire y Marta se miraron.

—Entonces ¿qué hacía? —preguntó Claire.

Leo observó el compartimento.

—Decía que había ayudado a hacer esta parte.

Marta se quedó inmóvil.

—Leo, tu abuelo nunca trabajó para ninguna aerolínea.

El niño respondió con total naturalidad:

—Ya lo sé.

Aquellas tres palabras inquietaron a Marta mucho más que todo lo anterior.

—¿Cómo que lo sabes?

Leo no respondió.

Miró hacia su pequeña mochila amarilla, colocada debajo del asiento.

Claire lo observó.

—¿Por qué estás tan seguro de que hablaba de algo como esto?

Leo metió una mano en un bolsillo exterior de la mochila.

Sacó un papel doblado y envejecido.

—Porque me dio esto.

Marta abrió los ojos.

—¿Qué es?

Leo negó.

—No sé.

Le entregó el papel a Claire.

Ella lo abrió.

No dijo nada.

Sus ojos recorrieron aquello que había dentro.

Después miró hacia el compartimento.

Luego volvió hacia Leo.

Su actitud cambió completamente.

—¿Cómo se llamaba tu abuelo?

Leo respondió:

—Gabriel Valdés.

Desde varias filas más atrás se escuchó un movimiento.

Álvaro se había quedado quieto.

—¿Gabriel Valdés?

Claire se volvió.

—¿Te suena?

Álvaro comenzó a acercarse.

Su expresión ya no era la de un tripulante preocupado por una simple luz de aviso.

Era la de alguien que acababa de escuchar un nombre que no esperaba oír allí.

—No le conocí personalmente...

Miró el papel.

Después a Leo.

Y no añadió nada más.

Marta lo observó.

—Entonces ¿por qué sabe quién es mi padre?

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Álvaro guardó silencio.

La cabina pareció quedarse todavía más quieta.

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