Capítulo 1: El último dólar de Ethan

La lluvia caía sin descanso sobre las calles del sur de Atlanta.
Las luces de neón se reflejaban sobre el pavimento mojado mientras los coches avanzaban lentamente entre el tráfico de la hora punta.
Dentro del Riverside Corner Café, el ambiente era completamente distinto.
El aroma del café recién molido llenaba el local.
La máquina de espresso no dejaba de funcionar.
Las conversaciones se mezclaban con el ruido de los platos y las cucharillas.
Casi todas las mesas estaban ocupadas.
En la parte trasera, junto al fregadero industrial, Ethan Carter fregaba una montaña de platos con una rapidez admirable.
Tenía solo diecisiete años.
Su camiseta verde oscura estaba húmeda por el vapor de la cocina.
El viejo delantal negro llevaba varias manchas de café imposibles de quitar.
Había salido del instituto apenas dos horas antes para comenzar su segundo turno del día.
Su madre trabajaba por las noches como auxiliar de enfermería.
Su padre había fallecido cuatro años atrás en un accidente de construcción.
Desde entonces, Ethan hacía todo lo posible para ayudar en casa.
Cada dólar tenía un destino.
El alquiler.
La electricidad.
Los medicamentos de su madre.
O la comida de la semana.
Aquella noche llevaba exactamente dieciocho dólares en el bolsillo.
Era todo el dinero que tenía hasta cobrar el viernes.
Mientras colocaba unos vasos limpios sobre un estante, levantó la vista por casualidad hacia el enorme ventanal del café.
Entonces lo vio.
Un hombre mayor caminaba lentamente bajo la lluvia.
Llevaba una vieja sudadera negra completamente empapada.
Sus pasos eran inseguros.
Sus manos temblaban.
Durante unos segundos intentó apoyarse en una farola.
Pero su cuerpo dejó de responder.
Cayó de rodillas.
Después se desplomó sobre la acera mojada.
Varios clientes soltaron un grito.
Una mujer dejó caer su taza.
Un hombre comenzó a grabar con el teléfono.
Nadie salió.
Todos observaban desde la comodidad del interior.
Ethan dejó escapar el plato que tenía entre las manos.
El cristal se hizo añicos contra el suelo.
Corrió inmediatamente hacia la puerta.
Pero antes de alcanzarla, el gerente del café se interpuso en su camino.
Era un hombre de unos cincuenta años, famoso por su carácter inflexible.
Lo sujetó del brazo.
—Vuelve al trabajo.
Ethan miró desesperado hacia el exterior.
El anciano seguía inmóvil sobre el pavimento.
La lluvia empapaba completamente su ropa.
—Está muy enfermo.
—No es nuestro problema.
Llama a emergencias si quieres, pero tú no sales.
Hay treinta clientes esperando.
Ethan volvió a mirar al hombre.
Recordó algo que su padre le repetía cuando era niño.
"Si algún día puedes evitar que alguien sufra y decides mirar hacia otro lado... habrás perdido mucho más que dinero."
Respiró profundamente.
Apartó con suavidad la mano del gerente.
—Lo siento.
Y salió corriendo bajo la lluvia.
Se arrodilló junto al desconocido.
El hombre apenas podía mantener los ojos abiertos.
Su respiración era rápida.
Las manos le temblaban de forma incontrolable.
Ethan observó su rostro durante apenas unos segundos.
Había visto aquellos síntomas antes.
Su madre trabajaba con pacientes diabéticos.
Metió la mano en el bolsillo.
Sacó los dieciocho dólares que llevaba para sobrevivir el resto de la semana.
Entró corriendo en una pequeña tienda abierta las veinticuatro horas situada junto al café.
—¡Una botella de jugo de naranja y tabletas de glucosa, por favor!
Pagó todo.
Cuando volvió junto al anciano, abrió rápidamente la botella.
—Despacio... beba un poco.
El hombre obedeció con enormes dificultades.
Después tomó una de las tabletas de glucosa.
Pasaron unos minutos eternos.
Poco a poco, su respiración comenzó a estabilizarse.
Las manos dejaron de temblar.
Abrió los ojos lentamente.
Miró a Ethan.
—Gracias...
Ethan sonrió aliviado.
—Ya está fuera de peligro.
En ese instante, el gerente apareció bajo la lluvia.
Su rostro estaba completamente rojo de ira.
Se detuvo frente a Ethan sin importarle que todos los clientes observaran desde el interior del café.
—Estás despedido.
El silencio se apoderó de la calle.
Ethan bajó lentamente la cabeza.
Había perdido su trabajo.
Y también el último dólar que tenía.
Pero mientras intentaba aceptar aquella realidad...
El anciano introdujo lentamente la mano dentro de la vieja sudadera empapada.
Sacó un teléfono móvil completamente diferente al resto de su apariencia.
Un modelo exclusivo que muy pocas personas podían permitirse.
Marcó un número.
Esperó apenas unos segundos.
Y dijo con absoluta tranquilidad:
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—Gastó su último dólar para salvarme...
Necesito que vengas inmediatamente al Riverside Corner Café.