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CAPÍTULO 2: EL OBJETO QUE NADIE DEBIÓ VER JAMÁS

Harold extendió lentamente la mano hacia la bolsa negra.

Sus dedos arrugados, marcados por el tiempo, buscaron entre la ropa y los objetos olvidados.

No lo hacía con prisa.

Lo hacía como si ya supiera lo que iba a encontrar.

Como si ese momento hubiera estado esperando toda su vida.

Entonces lo encontró.

Un reloj.

Antiguo.

De plata.

Pesado.

Con un grabado familiar en la tapa.

Harold lo levantó con cuidado, como si fuera frágil, pero al mismo tiempo como si fuera lo único que aún lo mantenía conectado a la realidad.

Sus ojos se quedaron fijos en él.

Por un instante, todo el dolor del exterior desapareció.

No había porche.

No había gritos.

No había humillación.

Solo ese objeto.

Grant lo miraba desde arriba, confundido.

No entendía por qué un viejo reloj podía importar tanto.

Pero el aire cambió.

Un sonido de motor interrumpió la tensión.

Un SUV negro sin logos frenó bruscamente cerca de la calle.

El sonido de las ruedas sobre el asfalto hizo que algunos vecinos se giraran.

La puerta del vehículo se abrió con fuerza.

Richard Vale salió.

Traje negro impecable.

Camisa blanca perfectamente ajustada.

Zapatos de cuero brillando bajo el sol.

Su presencia no necesitaba presentación.

Sus ojos, sin embargo, no miraban la casa.

Miraban el reloj.

Se quedó completamente inmóvil.

Su expresión cambió en un segundo.

De neutral…

a shock.

A reconocimiento.

—“Where did you get that?” —preguntó con voz baja, pero cargada de tensión.

Harold levantó ligeramente la vista, sin decir nada.

Grant frunció el ceño.

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Sintió que algo no encajaba.

Pero aún no sabía qué.

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