CAPÍTULO 2: EL REGALO QUE SE CONVIRTIÓ EN UNA PESADILLA

Daniel entró en la casa con una enorme sonrisa.
En una mano llevaba un gran ramo de flores de colores.
En la otra sostenía una pequeña caja de regalo cuidadosamente envuelta.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! —dijo con entusiasmo mientras cruzaba la puerta.
Pero nadie respondió.
Su sonrisa desapareció casi de inmediato.
Frente a él…
Emily estaba arrodillada sobre el suelo.
Su vestido color crema estaba cubierto de restos de pastel.
Tenía crema en las mejillas.
En las mangas.
Y las lágrimas seguían mezclándose con el glaseado mientras limpiaba el desastre.
A pocos metros, Margaret permanecía cómodamente sentada en el sofá.
Piernas cruzadas.
Espalda recta.
Como si todo aquello fuera completamente normal.
Daniel dejó de caminar.
El ramo descendió lentamente entre sus manos.
No entendía lo que estaba viendo.
Miró el pastel destruido.
Miró a Emily.
Luego volvió la vista hacia su madre.
Margaret levantó apenas un dedo señalando el suelo.
—Ella hizo un desastre…
—Que lo limpie.
Su voz era tranquila.
Sin culpa.
Sin vergüenza.
Daniel respiró lentamente.
Su pecho comenzó a subir y bajar con fuerza.
Por primera vez en mucho tiempo…
Emily vio algo diferente en el rostro de su esposo.
No era tristeza.
Era rabia.
Una rabia silenciosa.
Daniel caminó hasta la mesa de cristal.
Dejó el ramo con un golpe seco.
Las flores cayeron hacia un lado.
El sonido hizo que Margaret levantara ligeramente la cabeza.
Daniel observó el pastel roto durante unos segundos.
Después miró nuevamente a Emily.
Ella intentaba esconder las lágrimas mientras seguía limpiando el suelo.
Entonces Daniel levantó la vista.
Y preguntó con una voz tan fría que toda la habitación pareció congelarse.
—¿Quién hizo esto?
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El silencio fue absoluto.
Nadie respondió.