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Capítulo 1: Noah Arriesgó su Trabajo por el Último Recuerdo que una Niña Conservaba de su Madre

La estación subterránea de Grand Central estaba abarrotada durante la hora punta.

Los trenes entraban y salían con fuertes chirridos, los anuncios resonaban entre las columnas de acero y cientos de pasajeros caminaban apresuradamente sin mirar a quienes limpiaban detrás de ellos.

Noah Walker tenía veintiséis años y trabajaba como empleado de limpieza.

Vestía un uniforme azul marino desgastado, chaleco reflectante y guantes. Había crecido entre refugios y hogares de acogida después de que su padre desapareciera cuando él era muy pequeño.

No recordaba mucho de aquel hombre.

Solo conservaba una vieja fotografía en la que aparecía usando el uniforme del metro y una placa metálica con el número 317.

Aquella tarde, Noah limpiaba cerca de la línea amarilla cuando escuchó el llanto de una niña.

Emma Collins, de ocho años, estaba arrodillada junto al borde del andén. Llevaba un vestido blanco, zapatillas rosas y una pequeña mochila.

Sobre las vías había caído una antigua caja musical de madera.

—¡Era de mi madre! —gritó.

Las luces de un tren aparecieron al fondo del túnel.

El gerente de la estación ordenó a todos retroceder.

—Déjala. Compraremos otra.

Emma negó desesperadamente.

—No hay otra. Mamá me la dejó antes de morir.

Noah tomó una pértiga de seguridad y corrió hasta el borde.

Hizo señales al conductor mientras introducía el gancho entre los raíles.

—¡Aléjate! —gritó el gerente—. ¡El tren ya está entrando!

Noah logró enganchar la caja.

La levantó apenas unos segundos antes de que el tren frenara junto al andén.

El aire desplazado sacudió su uniforme.

Emma corrió hacia él y recibió la caja con ambas manos.

—Gracias.

El gerente apareció furioso.

—¡Has retrasado toda la línea por un juguete!

Noah miró a la niña.

—Era lo único que le quedaba de su madre.

El hombre arrancó la placa del uniforme de Noah.

—¡Estás despedido!

Noah necesitaba aquel trabajo para pagar su habitación y terminar un curso de mantenimiento ferroviario.

Aun así, respondió:

—Volvería a hacerlo.

Entonces llegó Victor Collins, el padre de Emma.

Vestía un elegante abrigo negro y caminaba con una expresión protectora, aunque algo en su mirada parecía esconder miedo.

Abrazó a su hija.

—¿Estás bien?

Emma asintió y le mostró la caja.

En ese instante, el mecanismo comenzó a funcionar sin que nadie lo tocara.

La melodía era lenta, antigua y triste.

Después se escuchó una voz femenina:

—Emma… no confíes en el hombre del abrigo negro.

La niña levantó los ojos hacia Victor.

—Es la voz de mamá.

El rostro del hombre perdió el color.

Se quitó lentamente el abrigo.

Debajo llevaba una vieja placa del metro manchada de sangre.

Noah reconoció inmediatamente la fotografía.

Era la misma cara que aparecía en la única imagen que conservaba de su padre.

—¿Por qué tiene la placa de mi padre?

Victor lo miró con una mezcla de culpa y temor.

—Porque nunca desapareció.

Una puerta de servicio se abrió en el extremo del andén.

Desde el túnel salió una silueta con una placa idéntica.

Victor susurró:

—Cambió de nombre.

La caja musical se activó nuevamente.

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—Corre, Noah.

Y la figura comenzó a acercarse.

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