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Capítulo 2: Los dos niños Silva que desaparecieron la misma noche

Los hombres que llegaron no eran guardaespaldas.

Eran abogados e investigadores privados.

La empresa que representaban pertenecía a Lucía Navarro.

Navarro Patrimonio administraba edificios, hoteles y terrenos por toda España.

Álvaro empezó a mirar alrededor como si buscara una salida.

Lucía lo vio.

—No se preocupe. Todavía no he comprado nada.

Después miró a Mateo.

—Primero necesito saber quién eres.

Mateo soltó una risa nerviosa.

—Soy camarero. O lo era hasta hace diez minutos.

Lucía negó.

—Tu apellido significa algo para mí.

Treinta años atrás, Lucía había tenido una hija llamada Elena.

Elena Navarro.

Era brillante.

Independiente.

Y completamente opuesta a su madre.

Se enamoró de un joven llamado Andrés Silva.

El mismo nombre que Mateo acababa de mencionar.

Lucía se quedó inmóvil al escuchar la confirmación.

—Andrés era mi padre.

—Entonces Elena…

Mateo esperó.

Lucía comenzó a llorar.

—Era tu madre.

Mateo dio un paso atrás.

—Mi madre se llamaba Marta.

—Marta era tu tía.

El mundo pareció desaparecer alrededor de él.

Lucía explicó.

Elena y Andrés se casaron en secreto porque la familia Navarro se oponía.

Años después, Elena quedó embarazada.

De gemelos.

Dos niños.

Mateo.

Y Nicolás.

Lucía no conoció a ninguno.

Su relación con Elena estaba rota.

Después ocurrió un accidente.

Elena y Andrés murieron cuando los bebés tenían apenas meses.

Al menos eso decía el informe.

Marta, hermana de Andrés, se quedó con Mateo.

El segundo bebé desapareció.

—¿Cómo desaparece un bebé? —preguntó Mateo.

Lucía cerró los ojos.

Porque alguien falsificó los documentos.

Según los registros hospitalarios, Nicolás murió la misma noche que sus padres.

Pero no existía certificado de defunción original.

No había tumba.

No había informe médico firmado.

Solo copias.

Lucía empezó a investigar años después.

Demasiado tarde.

Marta había dejado Madrid.

Mateo creció sin saber que tenía un hermano.

—¿Y por qué usted no me encontró?

—Porque no sabía que sobreviviste.

Lucía había recibido documentos que afirmaban que ambos bebés habían muerto.

Durante veinte años creyó haber perdido a su hija y a sus dos nietos.

Hasta hacía cuatro meses.

Un antiguo abogado familiar, enfermo de gravedad, pidió hablar con ella.

Confesó que los documentos eran falsos.

Alguien pagó para separar a los niños.

—¿Quién?

Lucía no respondió.

El investigador entró finalmente al café.

Llevaba una carpeta.

—Encontramos a Nicolás.

Mateo sintió que las piernas le temblaban.

—¿Dónde?

—En Madrid.

—¿Quién lo crió?

El hombre miró a Lucía.

—La familia Ruiz.

Álvaro dejó caer el trozo del delantal que todavía sostenía.

Todos lo miraron.

Mateo palideció.

—¿Ruiz?

Lucía se volvió lentamente hacia el gerente.

—¿Qué sabes?

Álvaro negó.

—Nada.

El investigador sacó una fotografía.

Mostraba a un joven de diecinueve años.

Cabello oscuro.

Misma forma de ojos.

Misma mandíbula.

Era casi como mirar a Mateo con otro corte de pelo.

—Se llama Nicolás Ruiz.

Mateo se apoyó contra una mesa.

—¿El hijo de Álvaro?

Álvaro cerró los ojos.

—Sí.

El café entero quedó en silencio.

Mateo miró al hombre que acababa de despedirlo.

—¿Tu hijo es mi hermano?

—No sabía que tú trabajabas aquí cuando te contrataron.

Lucía golpeó la mesa.

—Pero después lo descubriste.

Álvaro no respondió.

Aquello fue suficiente.

Había reconocido a Mateo meses atrás.

Por eso siempre había sido duro con él.

No porque fuera mal empleado.

Porque tenía miedo.

Miedo de que Lucía Navarro apareciera algún día.

Miedo de que los dos hermanos se encontraran.

—¿Por qué separaron a dos bebés? —preguntó Mateo.

El investigador abrió otra parte de la carpeta.

Porque Elena Navarro había dejado un fideicomiso.

Su fortuna se dividiría entre sus hijos.

Pero contenía una cláusula.

Si uno moría antes de cumplir veintiún años, su parte pasaría al otro.

Separar a los niños permitía controlar dos identidades.

Y alguien había utilizado una de ellas para retirar dinero durante años.

Lucía miró a Álvaro.

—Tu familia.

Él negó.

—No fue idea mía.

—¿De quién?

Álvaro levantó los ojos.

—De su hijo.

Lucía dejó de respirar.

—¿Mi hijo?

Mateo frunció el ceño.

—¿Tiene otro hijo?

Sí.

Javier Navarro.

Tío de Mateo.

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Y actual director financiero de Navarro Patrimonio.

El hombre que, aquella misma noche, estaba a punto de firmar la compra del edificio.

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