Capítulo 1: La niña que no quiso ir con su “madre”

La lluvia caía con violencia sobre Oakwood Street.
Las luces de los automóviles se reflejaban sobre el pavimento mojado mientras el pequeño café de la esquina permanecía lleno de clientes que buscaban refugio de la tormenta.
Dentro, el ambiente era cálido.
Las ventanas estaban cubiertas de vapor.
La máquina de espresso no dejaba de funcionar.
Emma Reed caminaba rápidamente entre las mesas recogiendo tazas.
Tenía veinticuatro años y trabajaba allí desde hacía casi dos años.
Aquella noche estaba limpiando la barra cuando vio algo detrás del cristal.
Una niña.
Completamente sola.
Estaba debajo del pequeño toldo exterior intentando protegerse de la lluvia.
Llevaba un impermeable amarillo empapado y una mochila rosa.
Temblaba.
Varias personas cerca de la ventana también la habían visto.
Nadie hizo nada.
Emma dejó el paño sobre la barra.
—¿Adónde vas? —preguntó el gerente.
Ella no respondió.
Abrió la puerta.
—Hola, cariño.
La niña levantó la mirada.
—¿Estás sola?
Asintió.
Emma extendió la mano.
—Ven, entra conmigo.
La pequeña dudó.
Después entró.
Emma se quitó el cárdigan que llevaba debajo del delantal y se lo puso sobre los hombros.
La sentó cerca de la entrada.
Preparó una taza de chocolate caliente.
—Tómalo despacio.
Los pequeños dedos de la niña temblaban alrededor de la taza.
—Gracias…
—¿Cómo te llamas?
—Lily.
—¿Sabes dónde está tu familia?
Lily bajó los ojos.
—Me dijeron que esperara.
Emma iba a preguntar quién cuando apareció el gerente.
Robert Sloan observó el agua sobre el suelo.
Después a Lily.
—¿Qué hace aquí?
—Estaba sola fuera.
—Entonces llama a seguridad y sácala.
Emma frunció el ceño.
—Está lloviendo.
—Está mojando todo y molestando a los clientes.
Lily apretó la taza.
Emma se levantó y quedó delante de ella.
—Es una niña. No voy a dejarla bajo la lluvia.
Robert soltó una risa seca.
—No decides eso.
—En este caso sí.
El gerente agarró la correa de su delantal y tiró con fuerza.
La tela se rompió.
—Entonces estás despedida.
Algunas conversaciones se detuvieron.
Varios clientes levantaron sus teléfonos.
Emma miró el delantal roto.
Después a Lily.
—Lo volvería a hacer.
Robert señaló la puerta.
—Fuera.
Emma no se movió.
—Cuando sepamos que ella está segura.
Entonces la puerta del café se abrió.
Entró una mujer alta con un elegante abrigo azul marino.
Guantes negros.
Tacones impecables a pesar de la lluvia.
Su sola presencia hizo que Robert cambiara de postura.
La mujer vio a Lily.
—Por fin te encontré.
Se quitó lentamente uno de los guantes y se arrodilló.
—Ven conmigo.
Pero Lily no corrió hacia ella.
Se escondió detrás de Emma.
La mujer frunció ligeramente el ceño.
—Lily.
Emma miró a la niña.
—¿La conoces?
Lily no respondió.
Metió una mano dentro de su mochila rosa.
Sacó una pequeña tarjeta metálica.
—Mi mamá me dijo que se la diera a la mujer buena.
Se la entregó a Emma.
En el centro había grabado un extraño escudo corporativo.
Robert lo vio.
Su rostro perdió el color.
Emma lo notó.
—¿Qué es esto?
El gerente negó rápidamente.
—Nada.
La mujer del abrigo azul extendió la mano.
—Dámela.
Lily se aferró a Emma.
—No.
La mujer perdió por primera vez su tranquilidad.
—¿Quién te dijo que hicieras eso?
Lily señaló hacia la calle.
—Mi otra mamá.
Todos giraron hacia la ventana.
Entre el vapor y la lluvia apareció una segunda silueta femenina al otro lado de la calle.
Llevaba un abrigo casi idéntico.
Un paraguas roto.
Y parecía tener exactamente el mismo rostro.
Un SUV negro se detuvo junto a ella.
La mujer levantó lentamente una mano hacia el café.
La elegante desconocida susurró:
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—No puede ser.
Y Robert, el gerente, retrocedió como si acabara de ver a una persona muerta.