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Capítulo 1: La Mujer Que Fue Arrojada a la Calle

El cielo gris cubría el tranquilo vecindario donde durante más de treinta años Jacinta Morales había cuidado una enorme casa familiar. Aquella vivienda había visto crecer a varias generaciones de la familia Sterling, y para Jacinta nunca fue solo un trabajo. Era el lugar donde había dedicado la mayor parte de su vida.

Con sesenta y dos años, las fuerzas ya no eran las mismas, pero seguía levantándose antes del amanecer para limpiar, cocinar y cuidar cada rincón con el mismo cariño del primer día. Todos los empleados la respetaban porque sabían que, cuando alguno tenía problemas, Jacinta siempre encontraba la manera de ayudar.

Sin embargo, desde hacía dos meses algo había cambiado.

Su sueldo dejó de llegar.

Cada vez que preguntaba, la administración respondía que el pago estaba retrasado o que el departamento financiero estaba revisando unos documentos. Jacinta creyó en esas explicaciones porque siempre había confiado en la empresa.

Lo que no sabía era que alguien estaba aprovechándose de esa confianza.

Aquella mañana, la nueva propietaria de la casa perdió la paciencia.

Sin escuchar explicaciones, ordenó que sacaran todas las pertenencias de Jacinta a la acera.

Viejas maletas.

Bolsas de basura con su ropa.

Fotografías familiares.

Un pequeño bolso de tela donde guardaba los recuerdos de su difunto esposo.

Todo terminó tirado sobre el cemento húmedo.

Jacinta permanecía inmóvil intentando contener las lágrimas mientras recogía lentamente sus cosas.

En ese mismo instante, un elegante sedán negro se detuvo frente a la casa.

Del vehículo descendió Alejandro Sterling.

Director ejecutivo de Sterling Global Holdings.

Había regresado sin avisar para visitar la antigua residencia familiar antes de una importante reunión.

Al verla junto a todas sus pertenencias, se quedó completamente inmóvil.

No podía creer lo que veía.

Caminó rápidamente hacia ella.

—¿Jacinta... qué pasó?

La mujer levantó la vista.

Intentó sonreír, pero no pudo.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Me echaron, señor... Hace dos meses que no me pagan.

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

Durante unos segundos permaneció completamente callado.

Después recordó algo.

Dos meses antes él mismo había aprobado un aumento salarial para todo el personal doméstico.

No solo un aumento.

Había autorizado duplicar el sueldo de todos los empleados más antiguos como agradecimiento por tantos años de servicio.

Entonces...

¿Dónde estaba ese dinero?

Alejandro apretó lentamente el puño.

—¿Dos meses?

Jacinta asintió con tristeza.

—Pensé que la empresa ya no podía pagarme.

Alejandro respiró profundamente.

Sabía que alguien estaba mintiendo.

Y estaba decidido a descubrir quién.

Sin decir una palabra más, volvió a subir al automóvil.

Mientras el vehículo arrancaba rumbo a las oficinas centrales, una sola idea ocupaba su mente.

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Alguien estaba robando a las personas que habían construido su empresa desde abajo.

Y ese alguien iba a arrepentirse.

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