flashbuzz

Capítulo 2: El taller que Valentina nunca supo que formaba parte de su familia

Valentina miró a su hermano.

—Mauricio.

Él no apartaba los ojos del interior del taller.

—¿Qué quisiste decir?

Mauricio parecía estar pensando.

—Nada todavía.

Ernesto frunció el ceño.

—No. Usted empezó una frase.

Mauricio lo miró.

—Sí.

—Entonces termínela.

Tomás siguió guardando sus cosas, aunque ahora más lentamente.

Leo permanecía junto a su madre.

—Tío, ¿conocías este lugar?

Mauricio sonrió apenas.

—Hace mucho.

Valentina abrió los ojos.

—Nunca me dijiste.

—Porque no había razón.

Ernesto dio un paso.

—¿Cuándo estuvo aquí?

Mauricio respondió:

—Antes de que usted fuera dueño.

El taller quedó en silencio.

Ernesto se tensó.

—Eso no lo sabe.

—Sí.

—¿Cómo?

Mauricio volvió a mirar el lugar.

—Porque yo estaba aquí.

Valentina lo observó.

—¿Con papá?

Mauricio no respondió inmediatamente.

Ese silencio fue suficiente.

—Mauricio.

—Sí.

—¿Papá estuvo aquí?

Él asintió.

Leo miró a su madre.

—¿El abuelo?

Valentina se agachó.

—Sí.

Después volvió a mirar a Mauricio.

—¿Por qué nunca me contaste?

—Porque tú eras muy pequeña.

—Ya no.

—Lo sé.

Ernesto estaba cada vez más incómodo.

—¿Quién era su padre?

Mauricio lo miró.

—Eso no importa todavía.

Ernesto soltó una risa seca.

—Claro que importa si viene a decir que este lugar tiene algo que ver con él.

Mauricio respondió:

—No dije eso.

—Lo insinuó.

—Tal vez.

Valentina intervino:

—Mauricio, ¿qué pasó aquí?

Su hermano respiró profundamente.

—No es tan sencillo.

—Empieza por algo.

Mauricio miró a Tomás.

El mecánico cerró la caja de herramientas.

—Esto no tiene que ver conmigo.

Mauricio respondió:

—Tal vez sí.

Tomás frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque te acaban de despedir en el mismo lugar donde mi padre...

Se detuvo otra vez.

Ernesto perdió paciencia.

—Otra vez.

Mauricio giró.

—¿Otra vez qué?

—Deja las frases a la mitad.

Mauricio sonrió sin humor.

—Quizá porque todavía estoy tratando de entender por qué usted está aquí.

—Porque es mi taller.

—Eso sigue diciendo.

—Porque es verdad.

Mauricio asintió.

—Bien.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Qué quiere?

Mauricio respondió:

—Saber cómo llegó a ser suyo.

El rostro de Ernesto cambió.

—Eso no es asunto suyo.

—Tal vez sí.

—No.

Mauricio observó.

—¿Lo compró?

Ernesto no respondió.

—¿Lo heredó?

Silencio.

—¿Lo rentó primero?

Ernesto endureció el rostro.

—No tengo que explicarle.

—Correcto.

Mauricio asintió.

—No tiene.

Valentina estaba confundida.

—Mauricio.

—¿Sí?

—¿Nuestro padre fue dueño de esto?

El taller quedó completamente quieto.

Tomás levantó la cabeza.

Ernesto miró a Valentina.

Después a Mauricio.

Mauricio respiró.

—No exactamente.

—¿Qué significa no exactamente?

—Que la historia no era tan simple.

Ernesto habló:

—¿Qué historia?

Mauricio volvió hacia él.

—Eso es lo que intento recordar.

Ernesto soltó:

—Usted parece recordar demasiado para alguien que dice no estar seguro.

Mauricio sonrió.

—Tenía doce años la primera vez que vine.

Valentina abrió los ojos.

—¿Doce?

—Sí.

—¿Con papá?

—Sí.

—¿Y yo?

—Tú eras muy pequeña.

—¿Venía seguido?

Mauricio asintió.

—Mucho.

—¿Por qué?

El hermano miró alrededor.

—Porque trabajaba con alguien aquí.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Con quién?

Mauricio no respondió.

—¿Con el dueño anterior?

—Puede ser.

—¿Puede?

—No recuerdo todo.

Ernesto dio un paso.

—Pero sí recuerda que “algo pasó”.

—Sí.

—¿Qué?

Mauricio levantó la mirada.

—Eso es precisamente lo que no esperaba encontrar hoy.

Valentina preguntó:

—¿Qué encontraste?

Mauricio señaló con la mirada una zona del taller.

—Algo que sigue aquí.

Ernesto giró.

—¿Qué cosa?

Mauricio no respondió.

—¿Qué está viendo?

—Nada que quiera tocar.

Tomás miró hacia el mismo lugar.

No distinguió nada especial.

Ernesto se acercó.

—Si hay algo en este taller, yo sé qué es.

Mauricio respondió:

—Eso espero.

El comentario cayó mal.

—¿Qué quiere decir?

—Nada.

—No. Dígalo.

Mauricio lo miró.

—Que si realmente conoce la historia de este lugar, entonces sabrá por qué mi padre dejó de venir.

Ernesto se quedó inmóvil.

Valentina abrió los ojos.

—¿Dejó de venir?

—Sí.

—¿Por qué?

Mauricio respondió:

—Nunca me lo explicó.

—¿Y tú nunca preguntaste?

—Muchas veces.

—¿Qué decía?

—Que algunas puertas era mejor dejarlas cerradas.

Tomás miró alrededor del taller.

Ernesto apretó los labios.

—Eso no prueba nada.

Mauricio giró.

—No estoy intentando probar nada.

—Entonces deje de hablar como si esto fuera suyo.

Valentina frunció el ceño.

—Ernesto...

Él la miró.

—¿Qué?

—Mi hermano no ha dicho eso.

—Pero lo piensa.

Mauricio negó.

—No.

—Claro que sí.

—Yo solo quiero saber qué pasó.

Ernesto respondió:

—Pues llegue con alguien que sí sepa.

Mauricio lo observó.

—Tal vez usted sabe más de lo que dice.

El taller quedó en silencio.

Tomás dejó la caja sobre el banco.

—Creo que yo sí debería irme.

Valentina giró.

—No.

—Señora...

—Valentina.

Tomás asintió.

—Valentina, esto ya no es asunto mío.

Mauricio respondió:

—Tú fuiste la razón por la que llegué hasta aquí hoy.

Tomás lo miró.

—No.

—Sí.

—Su hermana me habría llamado igual.

Valentina asintió.

—Sí.

Mauricio sonrió.

—Bueno, entonces ella es la razón.

Tomás casi sonrió.

Ernesto no.

—¿Ya terminaron?

Mauricio lo miró.

—No.

—Pues yo sí.

Señaló a Tomás.

—Recoge tus cosas y vete.

Valentina protestó.

—¡Pero él nos ayudó!

Ernesto giró.

—Y ya discutimos eso.

Mauricio preguntó:

—¿Por qué tiene tanta prisa por sacarlo?

Ernesto frunció el ceño.

—Porque está despedido.

—Eso no responde.

—No tengo que responderle.

Mauricio asintió.

—Cierto.

Luego miró a Tomás.

—¿Qué reparaste?

Tomás respondió.

—Algo sencillo.

—¿Usaste piezas?

—Una pequeña.

—¿De mucho valor?

—No.

Mauricio miró a Ernesto.

—¿Entonces el problema es el dinero o la autoridad?

Ernesto respondió:

—La autoridad.

Tomás bajó la mirada.

Mauricio asintió.

—Gracias.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Gracias por qué?

—Por ser claro.

—¿Y ahora qué?

Mauricio volvió a mirar el taller.

—Ahora sigo tratando de entender por qué este lugar se siente igual.

Valentina lo miró.

—¿Igual a qué?

—A como lo recuerdo.

—¿Después de casi treinta años?

—Sí.

—¿Eso es posible?

Mauricio señaló una viga.

—Esa estaba.

Luego una puerta interior.

—Esa también.

Después el banco de trabajo.

—Y eso.

Ernesto respondió:

—Los talleres no cambian tanto.

Mauricio lo observó.

—No.

—Entonces no hay misterio.

Mauricio asintió.

—Quizá no.

Leo habló por primera vez en varios minutos.

—¿El abuelo arreglaba carros?

Todos lo miraron.

Mauricio sonrió.

—No exactamente.

—¿Entonces qué hacía aquí?

Mauricio miró a Valentina.

Ella esperaba.

—Ayudaba.

—¿A quién?

—A alguien.

Ernesto levantó la voz ligeramente.

—¿A quién?

Mauricio se quedó quieto.

—A un hombre llamado Rafael.

El rostro de Ernesto cambió apenas.

Fue mínimo.

Pero Mauricio lo vio.

Valentina también.

—¿Conoce ese nombre? —preguntó Mauricio.

Ernesto negó demasiado rápido.

—No.

Mauricio sostuvo su mirada.

—Seguro.

—Sí.

—Rafael Ortega.

Silencio.

Tomás levantó la cabeza.

Ernesto apretó la mandíbula.

—No sé quién es.

Mauricio respondió:

—Qué raro.

—¿Por qué?

—Porque él trabajó aquí muchos años.

Ernesto soltó:

—Antes de mi tiempo.

—Eso dice.

—Eso es verdad.

Mauricio caminó hacia una pared lateral.

Se detuvo.

Miró una marca vieja en la pintura.

—Él y mi padre eran amigos.

Valentina frunció el ceño.

—Nunca escuché ese nombre.

—Yo sí.

—¿Y qué pasó?

Mauricio respondió:

—No lo sé completo.

—¿Otra vez?

—Sí.

Ernesto habló:

—Entonces todo esto son recuerdos de un niño.

Mauricio giró.

—Puede ser.

—No puede venir a cuestionar mi propiedad por eso.

—No la estoy cuestionando.

—Pero sigue preguntando.

—Porque usted se pone más nervioso cada vez que digo un nombre.

Ernesto quedó inmóvil.

Tomás miró de uno a otro.

Valentina respiró.

—Mauricio, ¿qué recuerdas exactamente?

Su hermano tardó.

—Una noche.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Con papá?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Mauricio miró el suelo.

—Hubo una discusión.

—¿Entre quiénes?

—Mi padre y Rafael.

Ernesto bajó la mirada.

Mauricio continuó:

—Yo estaba afuera.

—¿Escuchaste algo?

—Poco.

—¿Qué?

Mauricio cerró los ojos.

—Mi padre dijo que no iba a firmar.

Ernesto levantó la cabeza.

Valentina frunció el ceño.

—¿Firmar qué?

—No sé.

—¿Y Rafael?

—Dijo que si no lo hacía, el taller...

Se detuvo.

Tomás miró a Ernesto.

Mauricio abrió los ojos.

—Eso es lo último que recuerdo claro.

Ernesto habló:

—Un recuerdo de hace treinta años no vale nada.

Mauricio respondió:

—Quizá.

—Entonces deje esto.

—Lo haría si usted no hubiera reaccionado al nombre de Rafael.

Ernesto quedó inmóvil.

—No reaccioné.

—Sí.

—No.

—Valentina.

Ella dudó.

—Sí reaccionó.

Ernesto la miró.

—No se meta.

Mauricio cambió inmediatamente de expresión.

—No le hable así.

Tomás dio un paso.

Valentina levantó una mano.

—Está bien.

Ernesto respiró.

—No quise...

Mauricio lo interrumpió.

—No importa.

La tensión creció.

Tomás cerró su caja.

—De verdad me voy.

Mauricio lo miró.

—Espera.

—¿Por qué?

—Porque quiero que estés aquí cuando entendamos si te despidieron de un taller que quizá no es exactamente lo que todos creen.

Ernesto se enfureció.

—¡Ya basta!

Todos lo miraron.

—Este taller es mío.

Mauricio respondió:

—Nunca dije que no.

—Sí lo está insinuando.

—Estoy preguntando por su historia.

—No tiene derecho.

Mauricio asintió.

—Puede que no.

Ernesto señaló la salida.

—Entonces váyanse.

Valentina respondió:

—Primero pagamos.

Ernesto negó.

—No quiero su dinero.

—Pero usted dijo...

—Ya no importa.

Tomás lo miró.

—Hace una hora era lo único que importaba.

Ernesto giró.

—No empieces.

Tomás guardó silencio.

Mauricio observó a Ernesto.

—¿Por qué ya no importa?

—Porque quiero que se vayan.

—¿Por qué?

—Porque este asunto no les corresponde.

Mauricio respondió:

—Ese es exactamente el tipo de frase que mi padre usaba cuando quería esconder algo.

Ernesto se quedó quieto.

Valentina miró a Mauricio.

—¿Papá escondía cosas?

—Todos escondemos cosas.

—No cambies de tema.

Mauricio suspiró.

—Sí.

—¿Qué?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Porque cuando murió dejó preguntas.

La expresión de Valentina cambió.

—Nunca me dijiste eso.

—No quería.

—¿Por qué?

—Porque pensé que no importaban.

—¿Y ahora?

Mauricio miró alrededor.

—Ahora no sé.

Leo se acercó a su madre.

Valentina tomó su mano.

Tomás observó a Mauricio.

—¿Su padre murió?

Mauricio asintió.

—Hace años.

—Lo siento.

—Gracias.

Ernesto evitó la mirada.

Mauricio lo vio.

—¿Usted lo conoció?

Ernesto respondió:

—No.

Demasiado rápido.

Mauricio dio un paso.

—¿Seguro?

—Sí.

—Se llamaba Julián Rojas.

Esta vez Ernesto no pudo ocultarlo.

El color desapareció ligeramente de su rostro.

Valentina abrió los ojos.

—Lo conocía.

Ernesto negó.

—No.

—Sí.

—No lo conocí.

Mauricio sostuvo su mirada.

—Entonces ¿por qué sabe que ese nombre importa?

Ernesto guardó silencio.

Tomás ya no intentó irse.

Todos esperaban.

Finalmente Ernesto habló:

—Escuché hablar de él.

—¿De quién?

—De gente.

—¿Qué gente?

—No me acuerdo.

Mauricio sonrió sin humor.

—Curioso.

—¿Qué?

—Todos olvidan las cosas justo en la parte importante.

Valentina lo miró.

—Como tú.

Mauricio asintió.

—Exactamente.

Silencio.

Luego Mauricio se acercó un poco.

—¿Qué escuchó sobre mi padre?

Ernesto apretó los labios.

—Que ayudó a poner en marcha este lugar.

Valentina abrió los ojos.

Tomás también.

Mauricio permaneció completamente quieto.

—¿Ayudó cómo?

—No sé.

—¿Con dinero?

—No sé.

—¿Con trabajo?

—No sé.

—¿Con documentos?

Ernesto no respondió.

Mauricio frunció el ceño.

—Fue con documentos.

—No dije eso.

—No hacía falta.

Ernesto se giró.

—Se acabó.

Mauricio respondió:

—No.

—¿No?

—No después de eso.

Ernesto apretó las manos.

—No sé qué quiere encontrar.

Mauricio respondió:

—La misma cosa que mi padre nunca quiso contarme.

Valentina preguntó:

—¿Qué?

Mauricio miró a Ernesto.

—Qué pasó con este lugar.

Ernesto respiró.

—Nada.

—Algo pasó.

—No.

—Mi padre dejó de venir.

—Eso puede tener mil razones.

—Rafael desapareció.

Ernesto levantó los ojos.

—¿Cómo sabe eso?

Mauricio se quedó inmóvil.

—Yo no dije que desapareció.

Silencio.

Ernesto comprendió el error.

Valentina miró a Mauricio.

Tomás miró a Ernesto.

Mauricio dio un paso más.

—¿Qué sabe sobre Rafael Ortega?

Ernesto negó.

—Nada.

—Acaba de revelar que sabía que desapareció.

—Escuché historias.

—¿Qué historias?

—No recuerdo.

—¿Mi padre estaba involucrado?

—No sé.

—¿El taller estaba involucrado?

Nada.

—¿Por eso se fue?

Ernesto bajó la mirada.

Mauricio entendió que estaban cerca de algo.

—¿Qué pasó la noche que mi padre dejó este lugar?

Ernesto respondió:

—No estaba aquí.

—¿Quién sí?

—No sé.

—¿Rafael?

Silencio.

—¿Mi padre?

Nada.

—¿Alguien más?

Ernesto no respondió.

Valentina tomó aire.

—Mauricio.

—¿Sí?

—¿Qué crees que pasó?

Él miró el taller.

—No lo sé.

Después miró a Ernesto.

—Pero creo que él sí.

Ernesto soltó una risa cansada.

—Está equivocado.

Mauricio caminó hacia la caja de herramientas de Tomás.

La tocó apenas.

—Tal vez.

Tomás lo miró.

—¿Y yo qué hago aquí?

Mauricio sonrió ligeramente.

—Buena pregunta.

—Sí.

—Quizá nada.

—Entonces me voy.

Mauricio asintió.

—Puede ser.

Pero Leo habló:

—Yo quiero que se quede.

Tomás miró al niño.

—¿Por qué?

—Porque tú arreglaste el carro.

Todos quedaron en silencio.

Tomás sonrió.

—Eso sí lo hice.

Mauricio miró a Ernesto.

—Y por eso lo despidió.

—Ya hablamos de eso.

—No.

—¿No?

—Hablamos de dinero. Después de autoridad.

Mauricio señaló el taller.

—Ahora empiezo a pensar que usted reacciona así cada vez que alguien toma una decisión aquí sin pedir permiso porque tiene miedo de perder el control.

Ernesto endureció el rostro.

—No me conoce.

—Correcto.

—Entonces no me juzgue.

Mauricio asintió.

—Tiene razón.

La respuesta sorprendió a todos.

—Pero eso también significa que usted no conoce a Tomás.

Ernesto miró al mecánico.

—Trabaja aquí.

—Trabajaba.

—Sí.

—¿Y lo juzgó en cinco minutos?

Ernesto no respondió.

Mauricio continuó:

—Quizá todos estamos haciendo lo mismo.

Valentina lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que queremos una respuesta simple.

Señaló a Tomás.

—Él es bueno.

Señaló a Ernesto.

—Él es malo.

Después al taller.

—Nuestro padre fue dueño.

Negó.

—Tal vez nada es tan sencillo.

Ernesto bajó lentamente la mirada.

Valentina preguntó:

—Entonces ¿qué hacemos?

Mauricio observó el lugar.

—Preguntar.

—¿A quién?

Mauricio miró a Ernesto.

—A él.

Ernesto negó.

—No sé nada.

—Entonces empecemos por algo pequeño.

—¿Qué?

Mauricio señaló un cajón viejo del banco.

—¿Eso estaba aquí cuando compró el taller?

Ernesto se tensó.

—Sí.

—¿Lo abrió alguna vez?

Silencio.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué hay ahí?

Mauricio respondió:

—No sé.

Ernesto dijo:

—Herramientas.

Mauricio lo miró.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces ábralo.

Ernesto no se movió.

Tomás observó el cajón.

—Está atorado desde hace años.

Ernesto giró.

—¿Cómo sabes?

—Porque intentamos moverlo la semana pasada.

Mauricio miró a Tomás.

—¿Nunca se abrió?

—No desde que estoy aquí.

Ernesto interrumpió:

—No hay nada.

Mauricio respondió:

—Perfecto.

—¿Qué?

—Entonces no pierde nada abriéndolo.

Ernesto apretó los labios.

—No.

Silencio.

Valentina preguntó:

—¿Por qué no?

—Porque no voy a romper un mueble por una historia.

Mauricio miró al cajón.

—No le pedí que lo rompiera.

Tomás se acercó.

—Tengo herramienta.

Ernesto giró.

—No toques eso.

La fuerza de la frase sorprendió a todos.

Tomás levantó las manos.

—Está bien.

Mauricio observó.

—Ahora sí tengo curiosidad.

—Pues quítesela.

—Difícil.

Ernesto respiró.

—Todos fuera.

Valentina frunció el ceño.

—Ernesto.

—No.

—Mi coche...

—Lléveselo.

—Pero no he pagado.

—No importa.

Tomás abrió los ojos.

Mauricio lo notó.

—Hace una hora lo despidió por eso.

Ernesto se quedó quieto.

—Cambié de opinión.

—¿Por qué?

—Porque quiero cerrar.

Mauricio miró la luz exterior.

Todavía faltaba para el cierre.

—No.

Ernesto perdió paciencia.

—¿No qué?

—No quiere cerrar.

Mauricio señaló el cajón.

—Quiere que dejemos de preguntar.

Silencio.

Valentina se acercó a su hermano.

—¿Qué crees que hay ahí?

Mauricio respondió:

—No tengo idea.

—Entonces ¿por qué importa?

—Porque Ernesto sí cree que importa.

Ernesto soltó:

—Ya basta.

Mauricio giró.

—¿Conoció a mi padre?

—No.

—¿Conoció a Rafael?

—No.

—¿Sabe qué ocurrió aquí?

—No.

—¿Y sabe qué hay en ese cajón?

Ernesto no respondió.

Mauricio asintió lentamente.

—Entiendo.

Ernesto se quedó quieto.

Tomás preguntó:

—¿Qué entiende?

Mauricio miró el viejo banco de trabajo.

—Que mi padre probablemente no dejó de venir por una simple discusión.

Valentina apretó el bolso.

—¿Entonces?

Mauricio sostuvo la mirada de Ernesto.

—Entonces supongo que nadie le contó lo que pasó con este lugar cuando mi padre...

Ernesto interrumpió:

—No termine.

Todos lo miraron.

Mauricio quedó inmóvil.

—¿Por qué?

Ernesto había dicho demasiado.

Tomás abrió ligeramente los ojos.

Valentina palideció.

Mauricio dio un paso.

—¿Por qué no quiere que termine?

Ernesto negó.

—No sabe de qué habla.

—Entonces dígamelo usted.

—No.

—¿Qué pasó cuando mi padre qué?

Silencio.

—¿Firmó algo?

Nada.

—¿Se fue?

Ernesto apretó los labios.

—¿Desapareció Rafael?

Nada.

—¿Perdió el taller?

Ernesto levantó la mirada.

Mauricio lo vio.

—Eso fue.

Valentina contuvo el aliento.

—¿Papá perdió este taller?

Ernesto respondió rápidamente:

—No.

Mauricio no apartó los ojos.

—Entonces ¿qué perdió?

Ernesto permaneció en silencio.

Tomás miró hacia el cajón.

Leo se acercó más a su madre.

El sol ya estaba casi en el horizonte.

La luz dorada entraba por el taller y cruzaba el piso.

Mauricio habló más bajo.

—Ernesto.

—¿Qué?

—Mi padre hablaba de este lugar antes de morir.

Ernesto levantó la cabeza.

—¿Qué decía?

—Nunca decía su nombre.

—Entonces no sabe que era este.

Mauricio miró alrededor.

—Ahora sí.

—¿Por qué?

Mauricio volvió hacia el banco.

—Porque describía esa marca.

Todos miraron.

No se mostró lo que era.

Ernesto perdió el color.

Mauricio continuó:

—Y decía que si algún día yo volvía aquí, no debía confiar en la persona que me dijera que el taller siempre había sido suyo.

Silencio.

Valentina abrió los ojos.

Tomás miró a Ernesto.

Mauricio sostuvo la mirada del dueño.

—Eso dijo mi padre.

Ernesto tragó saliva.

—Está mintiendo.

Mauricio respondió:

—Ojalá.

—¿Por qué habría dicho eso?

—No lo sé.

—Entonces no tiene nada.

Mauricio asintió.

—Todavía.

Ernesto respiró con dificultad.

Mauricio dio otro paso.

—Pero sí sé una cosa.

—¿Qué?

—Mi padre dejó una última frase sobre este lugar.

Valentina giró.

—¿Cuál?

Mauricio miró al cajón.

Después a Ernesto.

—Dijo que si yo regresaba y ese cajón seguía cerrado...

Ernesto palideció.

Mauricio lo vio.

May you like

—...significaba que nadie había encontrado lo que él dejó cuando—

Y la frase quedó interrumpida justo antes de revelar qué había ocurrido entre su padre y el taller.

Other posts