Parte 2: El Error Que Nadie Vio Venir

Tyler apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El sonido de la bofetada resonó por toda la lavandería.
La sonrisa desapareció instantáneamente de su rostro.
Retrocedió tambaleándose.
Pero el chico de negro ya estaba moviéndose.
Lo sujetó por la parte frontal de la sudadera.
Y antes de que pudiera recuperar el equilibrio, le dio un rodillazo seco en el estómago.
Todo ocurrió en cuestión de segundos.
Tyler cayó al suelo.
El aire escapó de sus pulmones.
Se encogió sobre las baldosas mientras intentaba respirar.
La lavandería quedó completamente inmóvil.
Los clientes observaban sin creer lo que acababan de ver.
El chico tranquilo.
El chico que nunca hablaba.
Acababa de derribar al mayor provocador del barrio.
Tyler levantó la vista desde el suelo.
El miedo reemplazaba ahora toda su arrogancia.
—¿Qué demonios...?
Ni siquiera pudo terminar la frase.
El chico de negro recogió una de las camisetas caídas.
Sacudió el polvo.
La dobló cuidadosamente.
Y luego miró a Tyler.
Su expresión era tan fría como al principio.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si simplemente hubiera corregido un problema.
Los clientes retrocedieron un paso.
El silencio era absoluto.
Tyler intentó levantarse.
Pero volvió a caer.
Por primera vez entendía que había cometido un grave error.
Porque había confundido tranquilidad con debilidad.
Y ahora estaba pagando el precio.
El chico de negro colocó la camiseta sobre la mesa.
Miró hacia abajo.
Directamente a Tyler.
Y pronunció una última frase que nadie olvidaría.
—Qué mala suerte...
Hizo una breve pausa.
—Parece que el que terminó doblado fuiste tú.
La lavandería estalló en murmullos.
Tyler bajó la cabeza.
Derrotado.
Humillado.
Y mientras el chico de negro volvía a doblar tranquilamente su ropa, todos comprendieron una lección sencilla:
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Las personas más peligrosas no son las que buscan pelea.
Son las que hacen todo lo posible por evitarla... hasta que alguien las obliga.